Sé que este tema ya se ha hablado mucho. Incluso podría parecer que llego tarde a la conversación. Lo sé.
Pero hay cosas que, aunque ya se han dicho, vale la pena repetir… especialmente cuando uno las ha vivido en carne propia.

Paul Tripp dijo una vez que Twitter es “el lugar donde el juicio es más común que la gracia”.
Cuando lo leí, me hizo clic.
No solo porque suena cierto, sino porque —en mi experiencia— lo ha sido.

Por un tiempo, pensé que no podía vivir sin redes. Que necesitaba estar conectado, opinando, publicando, reaccionando.
Pero hoy, después de darme un respiro, me doy cuenta de que sí se puede vivir sin ellas.
Y no solo vivir… se puede vivir mejor.
Con más paz. Menos ruido. Menos juicios en mi mente.

Las redes sociales no son la realidad. Lo sabemos.
Pero aún así, actuamos como si lo fueran.
Emitimos opiniones duras, juicios rápidos, basados en una versión incompleta de la historia.
Una foto. Un estado. Un video corto.
¿Y ya creemos saberlo todo?

Eso me empezó a cansar. A afectar.
Y fue una de las razones por las que decidí alejarme —no del todo, pero sí lo suficiente— para recuperar la calma.

Lo curioso es que aunque uno se aleje, sigue viendo. Sigue leyendo. Y a veces, sigue juzgando.
Me di cuenta de que mis ojos estaban cada vez más entrenados para criticar, para comparar, para señalar.
Y también me di cuenta de algo más: probablemente otros hacían lo mismo conmigo.

Las redes se han convertido en terreno fértil para la destrucción de la reputación ajena.
Comentarios hirientes, sarcasmos disfrazados de humor, señalamientos públicos que parten el alma.
Muy poca gracia. Mucho veneno.

Y lo que más duele: muchas veces, no son personas sin fe las que más juzgan… sino creyentes.
Personas que deberían reflejar luz, pero que terminan siendo sombra.

Ahora bien, tampoco creo que la solución sea desaparecer.
No se trata de huir de estos espacios.
Los que creemos en el evangelio no fuimos llamados a escondernos, sino a alumbrar.
A ser diferentes.
A mostrar que la gracia también puede habitar lo digital.

No escribo esto como alguien que lo tiene todo resuelto.
Sigo en proceso. Sigo aprendiendo.
Pero sí quiero mirar las redes con otros ojos. Con más humildad. Con más compasión.

Porque si las redes se quedan sin gracia… tarde o temprano, se convertirán en una desgracia.